martes, 12 de junio de 2012

Juan Bernardez, un expresionista de nuestro tiempo, por Roger Colom (Arsomnibus, marzo 2009)

Uno de los aspectos más apasionantes de la actual pintura argentina (y mundial) es que uno nunca sabe por donde van a ir los tiros. Nadie sabe ya cuántas veces se ha proclamado y/o lamentado la muerte de la pintura en los últimos 50 años, pero ésta siempre encuentra una manera de volver, de reinterpretar su tradición, de encontrarse de nuevo con la sociedad a la que pertenece.
Una buena parte del proyecto de la modernidad, tanto en la pintura como en otros medios, consistió (para decirlo con brevedad) en un vaciamiento del sentido de la obra, dejando así un recipiente que el espectador debía llenar con su propia interpretación. Al principio esta estrategia estaba llena de peligros, de la excitación que el peligro trae consigo. Desafortunadamente, uno de ellos era la forma por la forma, el recipiente vacío; por contra, los artistas que querían llenar su obra de sentido, no vaciarla, se lanzaron a la revolución social, creando un arte repleto de comentarios sobre la realidad sobre el mundo.
Más difícil ha sido encontrar la estrategia poética; la que no vacía de sentido pero tampoco lo da todo hecho. Creo que una buena parte de la pintura actual se ha propuesto volver por esos fueros.
Hace unos días estuve hablando con Juan Bernárdez (Buenos Aires, 1967), un pintor proveniente del cine y del cómic, artes visuales narrativas donde las haya. Sospecho que recurrió a la pintura porque ese medio le permite lo poético sin la carga y las exigencias en cuanto a un arco narrativo más o menos claro.
Sus pinturas, que aún así mantienen cierta narratividad, están dedicadas al tema lírico por excelencia: el amor. O para usar palabras más contemporáneas, las relaciones interpersonales.
Así, el riesgo del amor, el riesgo de la soledad, compiten como extremos en la representación de sus personajes, hombres, mujeres, que se buscan, se encuentran o no, o se aíslan del entorno para celebrar el hallazgo de sí mismos en el otro.
De las obras expuestas en el Art Hotel, la que más me llamó la atención se titula "Remedio para la melancolía". ¿Es el arte, es la representación de los/las amantes que soñamos ese remedio, o por el contrario, es la causa? A eso me refiero cuando hablo del ámbito de lo poético, a esa ambigüedad. La ambigüedad no es un camino sin salida.
La estilización de las figuras y los rostros que practica Bernárdez viene de la tradición moderna y sus formas de describir lo que nos ocurre en el anonimato de la ciudad. Y en sus cuadros algo más.
Quizá, como dice él, esa influencia del expresionismo de hace cien años, que buscaba, como hace él también, indagar en lo humano, a través de la potencia de las emociones, dentro del marco hostil de la muchedumbre urbana.
La pintura actual no reniega de ninguno de los caminos de su tradición. En Juan Bernárdez lo que tenemos es un expresionista de nuestro tiempo, con sus soledades, su desesperación urbana, pero en busca del encuentro y la comunidad que abren caminos, tanto estilísticamente como en lo emocional, hacia el sentido. Hacia lo que significa la vivencia humana, que nunca es completa si se da en soledad.


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